Uno dice manitos y se empieza a dibujar una imagen. Le agrega ojos verdes, cabello enrulado y enredado, energía desbordante, primeros pasos y ya tiene un cuadro de la situación. Es una mañana de sol, ella levanta su piernita y se sube sobre la silla para después subirse sobre la mesa con la idea de algún acrobático salto mientras yo hago malabares con los platos que estoy lavando para correr a atajarla. Cierro los ojos para atesorar ese despliegue de circo.
Cuando los abro
ella
desbordante
enredada
esplendorosa
está cumpliendo
18 años.
Hoy.
labuelaelvira
Tenía ocho años y había ido con la guitarra a la casa de mi abuela. Me mandaban para entretenerla (o al revés, ahora no sé). Empecé con mi limitado repertorio: Yo vendo unos ojos negros, Zamba de mi esperanza y hasta el Sapo Cancionero que aún hoy me hace llorar. En mitad de una canción, no recuerdo cuál, interrumpí para criticarme y explicarle los errores varios que estaba cometiendo. Ella sólo dijo cariñosamente:
- Vos cantá como lo sientas.
Hoy mi tía me regaló un anillo que era de mi abuela
y yo me puse
en el dedo anular
de la mano izquierda
las ganas de cantar.
- Vos cantá como lo sientas.
Hoy mi tía me regaló un anillo que era de mi abuela
y yo me puse
en el dedo anular
de la mano izquierda
las ganas de cantar.
sin embargo
Este sol casi irreverente de octubre
me obliga a confesar
que a pesar de "papá noel y otros"
guardo varios SIEMPRE debajo de la manga.
me obliga a confesar
que a pesar de "papá noel y otros"
guardo varios SIEMPRE debajo de la manga.
papá noel y otros
No pensé que me iba a separar de él. Pero debo reconocer que no es la primera vez que me pasa. Es que cuando uno se enamora empieza a pensar absolutos: siempre, todo, nunca. Hay un segundo terrible cuando una certeza se desmorona, como cuando descubrimos que los padres no son perfectos, o que ese viejo de barba blanca y traje rojo no es el que trae los regalos, o que la verdad tiene adheridas otras verdades opuestas y tan verdades como ella. Hay un sonido a tierra que se abre cuando el amor se acaba, pero por esa insólita terquedad que tiene la vida, también algo florece. Será por eso que siempre me siento más madura en los adioses. Infeliz, pero madura.
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