Tenía ocho años y había ido con la guitarra a la casa de mi abuela. Me mandaban para entretenerla (o al revés, ahora no sé). Empecé con mi limitado repertorio: Yo vendo unos ojos negros, Zamba de mi esperanza y hasta el Sapo Cancionero que aún hoy me hace llorar. En mitad de una canción, no recuerdo cuál, interrumpí para criticarme y explicarle los errores varios que estaba cometiendo. Ella sólo dijo cariñosamente:
- Vos cantá como lo sientas.
Hoy mi tía me regaló un anillo que era de mi abuela
y yo me puse
en el dedo anular
de la mano izquierda
las ganas de cantar.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario