Tengo un hábito, un buen hábito, como la buena acción del día de los scouts. A veces, cuando empiezo a cruzar la avenida, veo algún anciano de paso lento, inseguro y trabajoso. De ese modo poco literario que irrumpen los pensamientos, me invade un "ni en pedo llega del otro lado antes de que cambie el semáforo". Entonces lo sigo disimuladamente, avanzo apenas atrás como distraída. Cuando los autos, camiones, colectivos, empiezan a rugir ansiosos ante el inminente cambio de luz, me interpongo entre ellos y mi protegido. Sé que mi metro cincuenta y seis no representa mucho escudo, pero pienso que sería demasiada casualidad que el final de él y el mío estuvieran escritos para el mismo día.
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