propiedad vertical

Un cinturón de sonidos rodea mi casa por las noches.
La perra del segundo ladra. O aúlla o llora, nunca se sabe bien qué está queriendo expresar un perro encerrado en un lavadero. Varios otros perros adhieren solidarios. Un teléfono suena con un ring antiguo, que retumba en un departamento evidentemente vacío. Para qué llamaría alguien a un lugar donde no vive nadie. Otro sonido se alterna con los anteriores: una mujer que (tampoco sé): o está teniendo sexo o llorando o quejándose (espero que no las tres cosas al mismo tiempo). Más, un ascensor de puertas estridentes: a alguien no le importa que la mayoría esté durmiendo. O sí le importa: le molesta. Mi vecina de arriba se levanta para ir al baño. Yo no me enteraría si no tropezara (dormida, supongo) con los muebles; hay un golpe seco, quizás la tapa del inodoro. El depósito tarda un siglo en volver a llenarse y hacer silencio. No, qué silencio, la lloronasexópataquejosa resucitó y alguien se suma al concierto chistándole desde el anonimato del aire y luz del edificio.
El cinturón aprieta.
Sí, anoche tuve insomnio o algo así.

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