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Uno se golpea, pongamos que en el brazo.
Siente el dolor e instintivamente cubre la zona con la mano.
Después masajea con suavidad, para aliviarse.
Sin pensarlo
mantiene a esa parte
protegida
durante un tiempo
de cualquier posible nuevo golpe:
es la menos preparada para resistirlo.
Uno sabe que más tarde o más temprano
el dolor se va a ir desdibujando
hasta desaparecer.
Quizás quede una marca
o sólo la huella en la memoria:
el brazo nunca será el mismo
pero estará en condiciones de seguir.
Yo recibí un golpe en el alma.
Siento el dolor y trato de cubrirla.
Si veo que algo la amenaza, la escondo.
La acaricio,
de todas las maneras en que puede acariciarse un alma.
Le doy tiempo.
Sé que más tarde o más temprano
el dolor se va a ir desdibujando.
Hasta desaparecer.
Quedará una huella y nunca seré la misma,
pero estaré en condiciones
de festejar
nuevamente
la vida
como antes.
Quizás más.
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