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la casa que yo busco tiene que tener, sí o sí, bañera. Por razones personales, la casa que quiere mi hija tiene que tener, sí o sí, un placard de pared a pared en su cuarto. Por razones personales, la casa que quiere mi hijo tiene que tener, sí o sí, una puerta en su dormitorio con buen aislamiento acústico y resistencia a los portazos.
Pero los avisos del diario dan información intrascendente, como “ambientes”, “barrio”, “metros cuadrados”…
jumbo, pero podría ser Disco, Carrefour, cualquiera
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Tenía que comprar una cosa para las plantas, otra cosa en “todo por dos pesos”, una más en una pinturería y comida. Decidí empezar por los víveres y entré a Jumbo. Ahí nomás vi las otras cosas y la frase apareció en mi cabeza sin que pudiera hacer nada para evitarlo: “Acá está todo lo que necesito”. ¿He caído en la trampa? ¿Lograron que crea que ahí está “todo”? ¿Hasta mi cabeza traiciona mis convicciones? No, tomá, ahora me voy y no compro nada.
…
Y sí, soy una persona poco práctica. Pero Jumbo, ya sabés, ¡nunca seré tuya!
Tenía que comprar una cosa para las plantas, otra cosa en “todo por dos pesos”, una más en una pinturería y comida. Decidí empezar por los víveres y entré a Jumbo. Ahí nomás vi las otras cosas y la frase apareció en mi cabeza sin que pudiera hacer nada para evitarlo: “Acá está todo lo que necesito”. ¿He caído en la trampa? ¿Lograron que crea que ahí está “todo”? ¿Hasta mi cabeza traiciona mis convicciones? No, tomá, ahora me voy y no compro nada.
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Y sí, soy una persona poco práctica. Pero Jumbo, ya sabés, ¡nunca seré tuya!
cosas urbanas
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Vivo en una avenida que nace de la bifurcación de otra: nace, recibe su nombre y lo mantiene a lo largo de apenas 10 cuadras. Después, es otra.
Además es diagonal, por lo tanto corta desprolijamente otras calles y da origen a manzanas de formas extrañas y dimensiones a veces ínfimas.
Como si eso fuera poco, tiene la virtud de cambiarle el nombre a las calles que la cruzan: de un lado se llaman así, del otro lado se llaman asá.
Y otra cosa: es el límite entre dos barrios. Mi vereda pertenece a uno, la vereda de enfrente pertenece a otro.
Por todo esto, en esta cuadra encontramos a diario personas perdidas.
Incluso a nosotros, a veces, nos cuesta encontrar el camino de regreso.
Vivo en una avenida que nace de la bifurcación de otra: nace, recibe su nombre y lo mantiene a lo largo de apenas 10 cuadras. Después, es otra.
Además es diagonal, por lo tanto corta desprolijamente otras calles y da origen a manzanas de formas extrañas y dimensiones a veces ínfimas.
Como si eso fuera poco, tiene la virtud de cambiarle el nombre a las calles que la cruzan: de un lado se llaman así, del otro lado se llaman asá.
Y otra cosa: es el límite entre dos barrios. Mi vereda pertenece a uno, la vereda de enfrente pertenece a otro.
Por todo esto, en esta cuadra encontramos a diario personas perdidas.
Incluso a nosotros, a veces, nos cuesta encontrar el camino de regreso.
la noche del diez (2)
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Este lunes no lloré ¡Ja! Pero tuve una sonrisa idiota en mi cara durante dos horas y media… ¿Y ese tango para Diego? “El viento se marea con tu cintura” ¡Eso es poesía!
Este lunes no lloré ¡Ja! Pero tuve una sonrisa idiota en mi cara durante dos horas y media… ¿Y ese tango para Diego? “El viento se marea con tu cintura” ¡Eso es poesía!
que se vayan todos
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Tenía una entrevista en una dependencia pública. Éramos 8 en la sala de espera. En la recepción no había nadie. El teléfono sonaba y parecía que sólo nosotros lo escuchábamos. Sin embargo, tabique de por medio, se escuchaban conversaciones del siguiente tenor: “… a la hija de mi amiga le dijeron…” “primero tenés que hacer abdominales y después…” “…¿por qué no te cortás con mi peluquero…?”. Esperé un rato y viendo que nadie venía a atender, me mandé por un pasillo. La primer puerta a la derecha tenía ¡una faja de clausura! de la Dirección de Seguridad de no sé qué. Seguí avanzando y encontré dos empleadas, que me dijeron que la persona que yo buscaba no estaba, ni iba a estar.
- “Me citó a las tres”, les expliqué.
- Ah, entonces esperala.
- ¿Pero viene?
- No creo, porque tenía una reunión a las cuatro, pero no sé.
Volví a la sala de espera, a esperar a alguien con un status indefinido: “ni estaba, ni se sabía si iba a estar, probablemente no llegara nunca, pero había que esperarla”.
Mi caso no era el único. Otras 4 personas habían ido a ver a empleados/funcionarios que no habían ido. Todos venían de lejos. Tuvieron que esperar bastante rato hasta lograr que alguien les dijera: “Ni está ni va a venir en ningún momento”. Varios estaban con sus hijitos pequeños que correteaban por todos lados. Algunos salían protestando, otros vencidos. Un hombre con su esposa e hijito recibió una respuesta diferente: “Fulano no está hoy acá, está en la oficina de la calle….” (la loma del peludo). El hombre miró a la mujer como para convencerla:
- Y, tan lejos no es… ¿vamos?
Ella no dijo nada, agarró al nene de la mano, resopló y salió. El teléfono seguía sonando cada tanto; pasó un empleado con un mate y un termo. De los 8, sólo dos fueron atendidos amablemente y se fueron. Una señora había ido porque un empleado el día anterior se había olvidado de poner su firma y un sello en un papel. La señora, absurdamente, se disculpaba:
- Yo no sabía que él tenía que firmarlo…(Claro, señora, el que tenía que saberlo es él)
- Pero justo no está, no vino, no va a venir.
- ¿Y ahora qué hago? Vengo desde…
Tuvo que explicarle lo mismo a dos personas más. A las 4 menos cuarto, me pareció que yo ya había esperado suficiente. Además, había terminado de leer lo que había llevado, previsoramente. Me tomó diez minutos más encontrar a alguien que recibiera el mensaje de que yo había estado ahí.
Cuando dejé la sala de espera le dije: ¡Suerte! a la señora, que me respondió “gracias” como si creyera que mis palabras realmente harían alguna diferencia. Al salir, me frenó en la planta baja una recepcionista, la persona más amable que encontré en toda la dependencia:
- Va a tener que salir por la puerta de atrás.
La puerta de adelante estaba cerrada y una veintena de policías la custodiaban.
Tenía una entrevista en una dependencia pública. Éramos 8 en la sala de espera. En la recepción no había nadie. El teléfono sonaba y parecía que sólo nosotros lo escuchábamos. Sin embargo, tabique de por medio, se escuchaban conversaciones del siguiente tenor: “… a la hija de mi amiga le dijeron…” “primero tenés que hacer abdominales y después…” “…¿por qué no te cortás con mi peluquero…?”. Esperé un rato y viendo que nadie venía a atender, me mandé por un pasillo. La primer puerta a la derecha tenía ¡una faja de clausura! de la Dirección de Seguridad de no sé qué. Seguí avanzando y encontré dos empleadas, que me dijeron que la persona que yo buscaba no estaba, ni iba a estar.
- “Me citó a las tres”, les expliqué.
- Ah, entonces esperala.
- ¿Pero viene?
- No creo, porque tenía una reunión a las cuatro, pero no sé.
Volví a la sala de espera, a esperar a alguien con un status indefinido: “ni estaba, ni se sabía si iba a estar, probablemente no llegara nunca, pero había que esperarla”.
Mi caso no era el único. Otras 4 personas habían ido a ver a empleados/funcionarios que no habían ido. Todos venían de lejos. Tuvieron que esperar bastante rato hasta lograr que alguien les dijera: “Ni está ni va a venir en ningún momento”. Varios estaban con sus hijitos pequeños que correteaban por todos lados. Algunos salían protestando, otros vencidos. Un hombre con su esposa e hijito recibió una respuesta diferente: “Fulano no está hoy acá, está en la oficina de la calle….” (la loma del peludo). El hombre miró a la mujer como para convencerla:
- Y, tan lejos no es… ¿vamos?
Ella no dijo nada, agarró al nene de la mano, resopló y salió. El teléfono seguía sonando cada tanto; pasó un empleado con un mate y un termo. De los 8, sólo dos fueron atendidos amablemente y se fueron. Una señora había ido porque un empleado el día anterior se había olvidado de poner su firma y un sello en un papel. La señora, absurdamente, se disculpaba:
- Yo no sabía que él tenía que firmarlo…(Claro, señora, el que tenía que saberlo es él)
- Pero justo no está, no vino, no va a venir.
- ¿Y ahora qué hago? Vengo desde…
Tuvo que explicarle lo mismo a dos personas más. A las 4 menos cuarto, me pareció que yo ya había esperado suficiente. Además, había terminado de leer lo que había llevado, previsoramente. Me tomó diez minutos más encontrar a alguien que recibiera el mensaje de que yo había estado ahí.
Cuando dejé la sala de espera le dije: ¡Suerte! a la señora, que me respondió “gracias” como si creyera que mis palabras realmente harían alguna diferencia. Al salir, me frenó en la planta baja una recepcionista, la persona más amable que encontré en toda la dependencia:
- Va a tener que salir por la puerta de atrás.
La puerta de adelante estaba cerrada y una veintena de policías la custodiaban.
Eladia
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Hace bastantes años, Eladia Blázquez confesaba en un reportaje que sentía temor ante las tormentas. “En cuanto veo que se nubla, que empieza a soplar fuerte el viento, yo ya empiezo a cerrar las persianas…” Nunca más me sentí sola frente a las inclemencias del tiempo.
Honrar la vida, Con las alas del alma, A un semejante, Sueño de barrilete, aquel poema a Buenos Aires que tomé prestado para decirle a un viejo amor: “Tantas veces me ha dolido algún lugar que se parece, y he deseado tantas otras muchas veces, no existiese tal dolor”. Y aquella vez que murmuré: “Yo también tengo el corazón mirando al sur” y no hizo falta agregar más nada. Y también aquella tarjeta en la que escribí: “Sentir tu mano fraternal, saber que siempre para vos el bien es bien y el mal es mal” y montones, montones de conversaciones en las que sus palabras eran mejores que las mías.
Nadie como Eladia. Nadie, nadie, como Eladia.
Es mi modo de decirle gracias. Pero no adiós.
Hace bastantes años, Eladia Blázquez confesaba en un reportaje que sentía temor ante las tormentas. “En cuanto veo que se nubla, que empieza a soplar fuerte el viento, yo ya empiezo a cerrar las persianas…” Nunca más me sentí sola frente a las inclemencias del tiempo.
Honrar la vida, Con las alas del alma, A un semejante, Sueño de barrilete, aquel poema a Buenos Aires que tomé prestado para decirle a un viejo amor: “Tantas veces me ha dolido algún lugar que se parece, y he deseado tantas otras muchas veces, no existiese tal dolor”. Y aquella vez que murmuré: “Yo también tengo el corazón mirando al sur” y no hizo falta agregar más nada. Y también aquella tarjeta en la que escribí: “Sentir tu mano fraternal, saber que siempre para vos el bien es bien y el mal es mal” y montones, montones de conversaciones en las que sus palabras eran mejores que las mías.
Nadie como Eladia. Nadie, nadie, como Eladia.
Es mi modo de decirle gracias. Pero no adiós.
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