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Vivo en una avenida que nace de la bifurcación de otra: nace, recibe su nombre y lo mantiene a lo largo de apenas 10 cuadras. Después, es otra.
Además es diagonal, por lo tanto corta desprolijamente otras calles y da origen a manzanas de formas extrañas y dimensiones a veces ínfimas.
Como si eso fuera poco, tiene la virtud de cambiarle el nombre a las calles que la cruzan: de un lado se llaman así, del otro lado se llaman asá.
Y otra cosa: es el límite entre dos barrios. Mi vereda pertenece a uno, la vereda de enfrente pertenece a otro.
Por todo esto, en esta cuadra encontramos a diario personas perdidas.
Incluso a nosotros, a veces, nos cuesta encontrar el camino de regreso.
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