dicho de otra manera

En un tiempo pensaba que quizás yo tenía demasiada sensibilidad para la tristeza, la mía, la de los otros; un día escribí: Hoy el dolor del mundo es mucho para mí.
Pero después me dí cuenta que tengo la misma facilidad para la alegría: se desboca a veces por hechos mínimos y absurdos. No hablemos del beso o el abrazo, ni siquiera la carcajada, la sonrisa, la mirada, que son vías rápidas para sacarme del desánimo. A veces es sólo poner las manos alrededor de una taza caliente, deslizar un pincel sobre una madera, recoger una hoja seca y guardarla en un libro. Sin ese trampolín para zambullirme en la vida, no hubiera llegado, seguro que no hubiera llegado hasta aquí.

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