el tiempo pasa (II)

El tiempo pasa (II)
Aclaro, para que no oscurezca

Tengo con la calle una relación amorosa. Nació en la adolescencia, cuando la libertad era estar fuera de casa y la calle se iba convirtiendo en una especie de hogar, lleno de cafés entrañables y esquinas queridas, con colectivos y subtes que iban tomando el color de mis historias, con desconocidos que podían convertirse en personas inolvidables, con marchas en las que descubría el sabor de tener compañeros...
Como toda relación amorosa, tuvo sus altos y sus bajos. Durante muchos años, la calle fue un terreno peligroso e inhóspito y parecía que nuestro amor estaba terminado. Pero múltiples razones hicieron que lentamente empezáramos a conocernos otra vez. Fui haciéndome mi hogar afuera y tanto salir como entrar era llegar a casa. Quizás el punto más alto fue cocinar en la calle, cortar las verduras para una olla popular del barrio, sentarme en el cordón de la vereda a charlar con un cartonero de 15 años y reirnos de no sé qué.
Después, decía, fue el huracán que me desintegró las redes por adentro y hubo que empezar a tejer desde el principio. Mucho esfuerzo y trabajo y tiempo y paciencia y corazón para empezar a restablecer ese hilo invisible, esa sensación corporal de proximidad y prójimo, recuperar la capacidad de anidar en cualquier lado: la calle y yo estamos recomenzando nuestra historia de amor.

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