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Desde el huracán que me arrasó, he ido recuperando paulatinamente pedacitos del alma. El dolor se va retirando y deja a la vista, sobre la arena, fragmentos magullados que se van secando al sol, que empiezan a respirar lentamente hasta llenarse de aire, que van abriendo los ojos y enjugándose las mejillas.
Así es que ayer, por primera vez, anduve por la calle con la misma placidez que sabía tener, como si estuviera haciendo la plancha en aquella pileta de Córdoba: con los ojos abiertos para adentro, confiando en la suavidad del oleaje y con todo el paisaje en el corazón.
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