La dejó, junto con otras plantas, la dueña anterior de la casa. No me simpatizó especialmente y la tuve dando vueltas mientras duró la obra. Sobrevivió, lo que no es poco. Empezó la búsqueda de su lugar: estuvo adentro, estuvo afuera; estuve a punto de regalarla pero finalmente no la quisieron. La acomodé en una esquina, pinté la maceta y casi la olvidé. Es difícil decir cuántos días pasaron hasta que se puso hermosa, se adueñó del rincón ostentando unas hojas grandes, verdes, brillantes. Siguió pasando el tiempo y empezó a emerger un tallo y de él, pequeñas florcitas blancas. Sentí que era un regalo especial que florezca algo en lo que no había puesto ninguna esperanza. La noche de mi cumpleaños desplegó en el patio un aroma intenso y fresco, como si supiera. A la mañana siguiente no había rastros de aquel perfume, pero cada atardecer renace.
Y por ejemplo ayer, cuando estaba por escribir "este cielo plomizo no me hace feliz", esa planta cuyo nombre desconozco, esa planta que no necesita la fe de los demás para florecer, esa planta resistente e inagotable, me envolvió en su idioma, me hizo cerrar los ojos y respirar, respirar, respirar...
3 comentarios:
Muchas gracias!!
hacia mucho que no me daban ganas de leer un Blog entero.
Gracias de nuevo
"Sentí que era un regalo especial que florezca algo en lo que no había puesto ninguna esperanza"
Esta frase me envolvió por completa.
arielfa: lo leíste entero? ahora yo digo ¡Guau! flor: qué lindo que estés ahí! hablando de flores...
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