Colectivo

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Todavía no sabía qué vendía y ya sabía que le iba a comprar (ventaja de los años: uno ya conoce con qué piedras indefectiblemente va a tropezar).
El hombre había subido en Pueyrredón. Arrancó su discurso con cierto ímpetu pero la indiferencia de los pasajeros lo fue desanimando y fue bajando la voz, los hombros, el ritmo. Tenía tan pocas ganas de estar haciendo eso como yo de limpiar el horno, pero lo aceptaba con resignación y hasta obstinación: no se detuvo hasta llegar al repetido “aquel que lo crea conveniente, no tiene más que solicitarlo”. Tuve suerte, porque eran biromes y a “sólo dos pesos”. Esta vez no tuve que comprar líquidos que quitan manchas que nunca se quitan, ni enchufes triples que explotan al primer contacto con la electricidad. Lo peor que podía pasar era que no escribieran, pero igual sí, escriben.

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