Ayer me agarré el dedo pulgar derecho con la puerta de un taxi.
Parece ser que es la zona privilegiada de mi cuerpo en la que siempre elijo expresar algo del dolor: sucedió cuando mi vieja iba a entrar por primera vez en su casa sin el viejo.
Al paso que voy, entre las quemaduras y los golpes, tengo que ir pensando cómo voy a reemplazar esa parte de la mano cuando desaparezca.
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