AGUANTE RUMI

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Después de hacerme la Cruela DeVil en Confesiones 1, debo reconocer que en el fondo a mi perra la quiero. Así es el amor, no? A pesar de todo. Es que, por ejemplo, en dos oportunidades a lo largo de los años, me vio llorar… y después de mirarme un poco, se echó al lado mío. Y se quedó. No me ladró, no se subió encima, no me llamó con su pata, no se fue. Hizo lo que a veces las personas no saben hacer, simplemente… estar ahí.

recorrida por mesitas de luz

La mía

Radiograbador
Caja con aros
Libro sobre reiki
Libro sobre naturismo
Libro sobre astrología
Un lápiz negro
Tarugos y tornillos sobrantes de algo
Un coso de arena para ponerse sobre los ojos y relajar (no sé cómo se llama)

La de mi hijo

Radio despertador sin perilla
Perilla a un costado
2 relojes
El carnet de Racing de su abuelo
1 cepillo de dientes
1 paquete de donuts de chocolate casi vacío
1 vaso vacío
2 sobres de queso rallado
1 peine
Varias tapitas de no sé qué
Un sobrecito de regalo con interior desconocido
1 texto sobre el golpe del 76
La cadena y el candado para atar la bici
1 papelito arrugado
La tarjeta de un luthier
Una tarjeta de un cumple de 15

La de mi hija

1 tronco
1 linterna de luz azul
1 vela
Todo esto sobre la manta turquesa que le tejí cuando era bebé


Mi hijo se lleva el primer premio, evidentemente.
(Igual no vale, mi hija justo hoy ordenó su mesita.)

confesiones

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PRONTUARIO (1)

Un día tuvimos la feliz idea de traer un perro al hogar, perra en este caso. Pasado el entusiasmo inicial, se convirtió en un ser que ensuciaba en cualquier lado, se masticaba las patas de la mesa, escarbaba en mantas y acolchados transformándolos en desperdicios y ladraba en horarios inconvenientes. Yo decidí que uno no puede seguir amando a quien le hace tanto daño. Pergeñé, imaginé, ideé mil formas de deshacerme de ella…pero no logré convencerme a mí misma. Así que convivimos en un plan de no-agresión, no la sacamos a pasear, no la dejamos dormir con nosotros, no la llevamos al veterinario ni la vacunamos, la alimentamos cuando la vemos alterada rebotando contra las paredes, la dejamos que se hidrate tomando agua del inodoro. Igual lo único que me da culpa es que va a morir virgen. Aunque, de verdad, a ella no pareciera importarle en lo más mínimo.

PRONTUARIO (2)
Debido a mi histórico amor por el agua en cualquiera de sus formas, hace muchos años pensé que era una buena idea tener una pecera. Alimentaba a los peces con esas escamitas de colores que venden en los acuarios y siempre los veía muy entusiasmados por comer. Sin embargo, algo me decía que las cosas no estaban yendo bien y consulté al especialista:
- El agua me parece que está demasiado turbia…
- Cuánto de turbia?
- Ehh… y…. casi no se ven los peces…
- *#!¡* # *!!
- …

PRONTUARIO (3)
Mis hijos eran pequeños (bueno, no tan pequeños) y un día andaban cuchicheando y riéndose con esas risas descontroladas que toda madre sabe reconocer como “qué cagada se estarán mandando”. Finalmente, resultó que habían comprado un hámster y el animalejo estaba viviendo con nosotros. Me lo mostraron esperando enternecerme, como ocurría invariablemente, pero esa vez no lo lograron. Dejé bien claro que no estaba dispuesta a verlo corretear ni por mi cuarto ni por los lugares comunes y me senté a esperar la evolución de los acontecimientos.
Pocos días después salían de vacaciones y ante mi implacable negativa a hacerme cargo de Tito (así había sido bautizado) mi hija consiguió una veterinaria en la que le cobraban un peso por día por cuidarlo. Quince días después, mi hijo volvió de las vacaciones. A los veinte, más o menos, dijo: Uy!! Tito!!! y salió a buscarlo. Pero en la veterinaria a la que fue le dijeron que ahí no habían dejado ningún hámster. Resolvió esperar quince días más a que volviera su hermana. Un mes y medio después, durante un almuerzo dijeron: Uy!! Tito!!! y salieron a buscarlo a otra veterinaria. Pero también ahí dijeron que no sabían nada del asunto y que el dueño estaba de vacaciones y que…
Así que Tito, sea donde sea que estés, espero que estés bien y ya ves, te recordamos…

PRONTUARIO (4)
A la tortuga no me acuerdo cómo fue que la trajimos. En esos tiempos no sabíamos que el peligro de extinción y la mar en coche. Le pusimos de nombre Manuelita (la ley del mínimo esfuerzo). Yo quise alimentarla a lechuga y manzana pero no lo comía así que dejé que la naturaleza se hiciera cargo: así fue como comenzó a comerse las flores caídas de la rosa china y el universo mantenía su equilibrio. Me di cuenta que no estaba muy integrada a la familia cuando diez años después mi hija dijo, sorprendida:
- Nosotros tenemos una tortuga?
Más o menos cinco años más tarde, un conocedor que vino a casa me confirmó que era hembra, lo cual fue un enorme alivio para mí, ya que en caso contrario el nombre Manuelita podría haberle generado profundos conflictos de identidad.
Durante el transcurso de la primera obra en esta nueva casa, descubrí que el pintor expresaba una (absurda) simpatía por la tortuga y sentí que no debía dejar pasar la oportunidad. Además, él ya tenía una que estaba sola, pobre… Así que la aceptó de buena gana y se la cargó en el bolso.
Lo último que supe de ella fue que se le cayó en la estación de Once, y que tuvo que luchar con la multitud para recuperarla, ante las risas de sus albañiles compañeros.
Un año después, mi hija, que ostenta visiblemente un profundo amor por los animales, dijo:
- Che, y la tortuga?

ubicación

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Según el Feng Shui, no es conveniente colocar la cama debajo de una ventana.
Pero ocurre que así veo la luna con la cabeza apoyada en la almohada. Y si me despierto en mitad de la noche, justo en la dirección de mi mirada, hay una estrella brillante, hermosísima.
Y a eso no hay con qué darle.

consumo

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Si de comprar ropa se trata, intento que el cometido se desarrolle lo más rápidamente posible. Voy a UN lugar en el que ya haya visto algo interesante, entro, me lo pruebo y por sí o por no, salgo de ahí en minutos.
Pero en las ferreterías. Paso un buen rato mirando la vidriera, siempre encuentro dos o tres cosas que quisiera comprar, entro, pregunto, sigo descubriendo en el interior nuevas cosas que me encantaría tener; si el ferretero tiene buena onda comparto inquietudes, me maravillo con infinitas posibilidades y termino comprando algo imprevisto que me llena de alegría.
Creo que mi perfil de consumidora es un poco extraño.