bibliotecas en el tiempo

I

Llevo mucho tiempo guardando libros diversos en mis bibliotecas, con la esperanza de que un día a mis hijos les suceda lo que a mí, muchos años atrás: en la casa de mis padres recorría los estantes buscando un título que me sorprendiera, una novela que me llamara la atención, alguna dedicatoria emocionante, un párrafo final que me diera ganas de leer todo el libro…(Así descubrí Los verdes años, de A.J.Cronin, las Rimas de Bécquer, Las sandalias del pescador, El tesoro de la juventud y hasta la colección de Robin Hood, los piratas de Emilio Salgari, Mujercitas…)
Ese momento esperado nunca llegó (por efecto de Internet, de disminución de la lectura, de aumento de las salidas, o vaya a saber por qué…), lo cual me generaba cierta frustración. Sin embargo, hoy fui yo misma la buscadora y la sorprendida. Y ese cofre de tesoros que imaginaba para mis hijos, se abrió para mí.


II

Tengo una biblioteca chiquita, que fue originalmente de mi hermana, después la tuvieron mis viejos y al final fue a parar a mi casa. Esta tarde la empecé a revisar buscando un escrito que, quizás, podría haber puesto en algún momento adentro de un libro (ya saben, esas cosas incoherentes que uno hace a veces).
Por supuesto, no encontré lo que buscaba pero sí muchas otras cosas: una foto de mi hijo cuando tenía año y medio, con la boca sucia de chocolate y señalando el cielo con su dedito de señalar (hermoso) , varios papeles que me hicieron pensar no sé para qué guardo esto (pero lo seguí guardando), algunas obras que separé para releer (las extrañaba), un recetario de cocina muy original y muchos papeles cayendo de adentro de los libros (y vinculados a ellos por ¡nada!, sólo coincidencia temporal: seguramente los llevaba en la cartera el día que necesité poner ese papel en algún lado…)


III

El viernes pasado estuve en la casa de mis viejos y resolví empezar a desocupar algunos muebles. Comencé por algo pequeño desde el punto de vista físico pero que resultó ser un universo enorme e inagotable: la mesa de noche de ella.
Había una radio portátil que no andaba, auriculares que todavía no probé si funcionan, la foto de mis abuelos; y entre el cajón y un estante se repartían hojas escritas, hojitas, papeles y una veintena de libros: de cada uno saltaban recuerdos, estampitas, recetas de cocina, teléfonos varios, cartas, tarjetas…

IV

Y recién ahora que me puse a escribir, y gracias a esas cosas incoherentes que uno hace a veces, me di cuenta que en mi pequeña biblioteca de madera estaba habitando, invisible, la mesita de luz de mi vieja.

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