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El jueves cuando me iba del Hogar, la monja que me abrió la puerta para salir, me despidió con un:
- Que Dios te acompañe!
Yo no soy muy afecta a los formalismos religiosos pero me encantó que me dijera eso. Es que en realidad no sonó como un formalismo sino como un sincero deseo del corazón
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