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Desde hace una semana, todas las mañanas, todas, me llaman de telefónica para “avisarme que en los próximos días voy a ser beneficiada con un descuento en las llamadas de blá blá blá”
Como todos sabemos, no es fácil librarse de un telemarketer. Siempre tienen una pregunta más, un comentario, un “cómo sabe que no le interesa si no me dejó contarle de qué se trata”, hasta un día me dijeron: qué clase de persona diría que no a una oferta tan conveniente?
Antes de ayer le dije: No hago llamadas con esta línea (lo cual es cierto), gracias. Y me contestó un celebrado “A usted, buenos días” y cortó. Feliz del hallazgo, ayer repetí la misma respuesta. Pero esta vez me encontré con un indignado:
Cómo que no hace llamadas con esta línea?? Si a mí me figura acá que sí !!! y si a mí me figura acá, es porque las hace.Y si no las hiciera, no me figuraría y yo no la hubiera llamado!
Le dije Chau pero era más bien un …ufa :(
aprendiendo
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La línea de colectivos que tomo para ir a trabajar tiene la rara (o no tan rara) costumbre de andar de a dos. Al principio, cuando me estaba acercando a la parada y veía a uno, corría pensando: será el primero? será el segundo?...
Un día, a media cuadra de la esquina se me escapó uno. Enseguidita después, el otro. Unos pasos más y perdí un tercero. Grande fue mi sorpresa cuando se me escapó también ¡el cuarto!
Llegué a la parada, me apoyé en el palo y dispuesta a esperar un siglo y medio, pensé aprovechar el tiempo mandando mensajitos de texto. Pero apenas había mandado uno cuando se produjo el milagro del ¡quinto!
Desde entonces, cuando me quiere entrar la desesperanza en alguna parada de la vida, pienso: Esperar... Que siempre puede haber un quinto colectivo.
La línea de colectivos que tomo para ir a trabajar tiene la rara (o no tan rara) costumbre de andar de a dos. Al principio, cuando me estaba acercando a la parada y veía a uno, corría pensando: será el primero? será el segundo?...
Un día, a media cuadra de la esquina se me escapó uno. Enseguidita después, el otro. Unos pasos más y perdí un tercero. Grande fue mi sorpresa cuando se me escapó también ¡el cuarto!
Llegué a la parada, me apoyé en el palo y dispuesta a esperar un siglo y medio, pensé aprovechar el tiempo mandando mensajitos de texto. Pero apenas había mandado uno cuando se produjo el milagro del ¡quinto!
Desde entonces, cuando me quiere entrar la desesperanza en alguna parada de la vida, pienso: Esperar... Que siempre puede haber un quinto colectivo.
"la risa remedio infalible"
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Después de mi post anterior, debo confesar que la vida me toma el pelo (una vez más).
¿Así que “ya fue”? Atajate esta! Y me tiró un gancho desde el pasado que para qué te cuento.
Y no se hagan ilusiones: yo no soy tan importante como para que la vida se ría de mí solamente. Estoy segura de que la vida semuerederisadetodosnosotros.
…
Si cabe un consejo…mejor reírse con ella.
Después de mi post anterior, debo confesar que la vida me toma el pelo (una vez más).
¿Así que “ya fue”? Atajate esta! Y me tiró un gancho desde el pasado que para qué te cuento.
Y no se hagan ilusiones: yo no soy tan importante como para que la vida se ría de mí solamente. Estoy segura de que la vida semuerederisadetodosnosotros.
…
Si cabe un consejo…mejor reírse con ella.
me sale CASI siempre
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Una de mis mejores adquisiciones de los últimos tiempos es el concepto de “soltar”, o en su versión más coloquial y actualizada: “ya fue”.
Es más o menos el opuesto al conocido popularmente como “rollo”.
El funcionamiento es así (adaptado a la idiosincrasia propia):
Estás triste? Llorás. Ya fue
Estás enojada? Puteás. Ya fue
Estás confundida? Relajate, va a pasar, ya fue
Estás angustiada? Respirá profundo, va a pasar, ya fue.
Tenés miedo? Que alguien te abrace, pasa, ya fue.
Te cagaron? Ojo la próxima. Ya fue.
Te salió todo mal? Mañana será otro día. Ya fue.
Nada de acumular rencores, nada de enrollarse con reproches, nada de echar culpas, nada de planteos. Ya fue. Porque seguro que en el instante siguiente pueden pasar cosas buenas y mirá si te las perdés por quedarte enganchada en lo que PASÓ.
Mi cabeza funciona cada vez con más simpleza.
Y yo voy más liviana por la vida.
Una de mis mejores adquisiciones de los últimos tiempos es el concepto de “soltar”, o en su versión más coloquial y actualizada: “ya fue”.
Es más o menos el opuesto al conocido popularmente como “rollo”.
El funcionamiento es así (adaptado a la idiosincrasia propia):
Estás triste? Llorás. Ya fue
Estás enojada? Puteás. Ya fue
Estás confundida? Relajate, va a pasar, ya fue
Estás angustiada? Respirá profundo, va a pasar, ya fue.
Tenés miedo? Que alguien te abrace, pasa, ya fue.
Te cagaron? Ojo la próxima. Ya fue.
Te salió todo mal? Mañana será otro día. Ya fue.
Nada de acumular rencores, nada de enrollarse con reproches, nada de echar culpas, nada de planteos. Ya fue. Porque seguro que en el instante siguiente pueden pasar cosas buenas y mirá si te las perdés por quedarte enganchada en lo que PASÓ.
Mi cabeza funciona cada vez con más simpleza.
Y yo voy más liviana por la vida.
censura
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La empleada iba cantando las preguntas y completaba mis respuestas en el formulario: nombre, edad, dirección, teléfono...
- Estado civil?
- Divorciada
-... Buen, te pongo soltera que es más lindo!
- ?????????????
La empleada iba cantando las preguntas y completaba mis respuestas en el formulario: nombre, edad, dirección, teléfono...
- Estado civil?
- Divorciada
-... Buen, te pongo soltera que es más lindo!
- ?????????????
en el micro rumbo a pinamar
Mujer durmiendo a pata suelta cuando le suena el celular:
- Hola! Sí, cómo estás? Sí, sí...dónde estamos? A ver... pará que me fijo: vaca negra, vaca marrón, pasto, pasto...¡ vaca sentada! te ubicás?
- Hola! Sí, cómo estás? Sí, sí...dónde estamos? A ver... pará que me fijo: vaca negra, vaca marrón, pasto, pasto...¡ vaca sentada! te ubicás?
bibliotecas en el tiempo
I
Llevo mucho tiempo guardando libros diversos en mis bibliotecas, con la esperanza de que un día a mis hijos les suceda lo que a mí, muchos años atrás: en la casa de mis padres recorría los estantes buscando un título que me sorprendiera, una novela que me llamara la atención, alguna dedicatoria emocionante, un párrafo final que me diera ganas de leer todo el libro…(Así descubrí Los verdes años, de A.J.Cronin, las Rimas de Bécquer, Las sandalias del pescador, El tesoro de la juventud y hasta la colección de Robin Hood, los piratas de Emilio Salgari, Mujercitas…)
Ese momento esperado nunca llegó (por efecto de Internet, de disminución de la lectura, de aumento de las salidas, o vaya a saber por qué…), lo cual me generaba cierta frustración. Sin embargo, hoy fui yo misma la buscadora y la sorprendida. Y ese cofre de tesoros que imaginaba para mis hijos, se abrió para mí.
II
Tengo una biblioteca chiquita, que fue originalmente de mi hermana, después la tuvieron mis viejos y al final fue a parar a mi casa. Esta tarde la empecé a revisar buscando un escrito que, quizás, podría haber puesto en algún momento adentro de un libro (ya saben, esas cosas incoherentes que uno hace a veces).
Por supuesto, no encontré lo que buscaba pero sí muchas otras cosas: una foto de mi hijo cuando tenía año y medio, con la boca sucia de chocolate y señalando el cielo con su dedito de señalar (hermoso) , varios papeles que me hicieron pensar no sé para qué guardo esto (pero lo seguí guardando), algunas obras que separé para releer (las extrañaba), un recetario de cocina muy original y muchos papeles cayendo de adentro de los libros (y vinculados a ellos por ¡nada!, sólo coincidencia temporal: seguramente los llevaba en la cartera el día que necesité poner ese papel en algún lado…)
III
El viernes pasado estuve en la casa de mis viejos y resolví empezar a desocupar algunos muebles. Comencé por algo pequeño desde el punto de vista físico pero que resultó ser un universo enorme e inagotable: la mesa de noche de ella.
Había una radio portátil que no andaba, auriculares que todavía no probé si funcionan, la foto de mis abuelos; y entre el cajón y un estante se repartían hojas escritas, hojitas, papeles y una veintena de libros: de cada uno saltaban recuerdos, estampitas, recetas de cocina, teléfonos varios, cartas, tarjetas…
IV
Y recién ahora que me puse a escribir, y gracias a esas cosas incoherentes que uno hace a veces, me di cuenta que en mi pequeña biblioteca de madera estaba habitando, invisible, la mesita de luz de mi vieja.
Llevo mucho tiempo guardando libros diversos en mis bibliotecas, con la esperanza de que un día a mis hijos les suceda lo que a mí, muchos años atrás: en la casa de mis padres recorría los estantes buscando un título que me sorprendiera, una novela que me llamara la atención, alguna dedicatoria emocionante, un párrafo final que me diera ganas de leer todo el libro…(Así descubrí Los verdes años, de A.J.Cronin, las Rimas de Bécquer, Las sandalias del pescador, El tesoro de la juventud y hasta la colección de Robin Hood, los piratas de Emilio Salgari, Mujercitas…)
Ese momento esperado nunca llegó (por efecto de Internet, de disminución de la lectura, de aumento de las salidas, o vaya a saber por qué…), lo cual me generaba cierta frustración. Sin embargo, hoy fui yo misma la buscadora y la sorprendida. Y ese cofre de tesoros que imaginaba para mis hijos, se abrió para mí.
II
Tengo una biblioteca chiquita, que fue originalmente de mi hermana, después la tuvieron mis viejos y al final fue a parar a mi casa. Esta tarde la empecé a revisar buscando un escrito que, quizás, podría haber puesto en algún momento adentro de un libro (ya saben, esas cosas incoherentes que uno hace a veces).
Por supuesto, no encontré lo que buscaba pero sí muchas otras cosas: una foto de mi hijo cuando tenía año y medio, con la boca sucia de chocolate y señalando el cielo con su dedito de señalar (hermoso) , varios papeles que me hicieron pensar no sé para qué guardo esto (pero lo seguí guardando), algunas obras que separé para releer (las extrañaba), un recetario de cocina muy original y muchos papeles cayendo de adentro de los libros (y vinculados a ellos por ¡nada!, sólo coincidencia temporal: seguramente los llevaba en la cartera el día que necesité poner ese papel en algún lado…)
III
El viernes pasado estuve en la casa de mis viejos y resolví empezar a desocupar algunos muebles. Comencé por algo pequeño desde el punto de vista físico pero que resultó ser un universo enorme e inagotable: la mesa de noche de ella.
Había una radio portátil que no andaba, auriculares que todavía no probé si funcionan, la foto de mis abuelos; y entre el cajón y un estante se repartían hojas escritas, hojitas, papeles y una veintena de libros: de cada uno saltaban recuerdos, estampitas, recetas de cocina, teléfonos varios, cartas, tarjetas…
IV
Y recién ahora que me puse a escribir, y gracias a esas cosas incoherentes que uno hace a veces, me di cuenta que en mi pequeña biblioteca de madera estaba habitando, invisible, la mesita de luz de mi vieja.
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