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Iba en un bondi de Plaza de Mayo a Flores. Bastante lleno. Yo estaba parada frente al último par de asientos, cuando se instaló a mi lado una vieja. Enseguida la identifiqué como esas viejas desesperadas por un asiento, que detectan al instante algún movimiento que indique que alguien se baja para abalanzarse. Ya me pasaron por arriba varias veces. Así que clavé mis pies en el piso y mis manos rodearon “mis” asientos, mientras pensaba:
Ni sueñes que te vas a sentar vos si se desocupan estos asientos, estoy cansada, me duelen los pies, si sos vieja y querés sentarte, pedí que te cedan el asiento pero por ninguna razón voy a permitir que me empujes para sentarte vos. Ni lo sueñes.
La cuestión es que se desocupó uno de “mis” asientos y me senté. Al ratito nomás, se pudo sentar la vieja en el asiento de adelante mío. Todos contentos. Hasta que subió un muchacho con un bebé y empezó a circular hacia atrás ante la indiferencia de todos los sentados adelante. Pues quién se para a cederle el asiento? LA VIEJA!!
Claro, atrás me levanté yo y le dí el asiento a ella. Me agradeció, murmuró algo acerca de “la educación” pero no le di bola porque estaba muy ocupada riéndome de mí misma.
No debía entender qué era lo que me causaba tanta gracia pero así y todo, se ofreció a llevarme la pesada carpeta que yo cargaba!! Pff!!
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