IN MEMORIAM

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Mi perra, Rumi, se murió el martes. Tenía 17 años. Haciendo la cuenta conocida, equivale a 119 de la especie humana. Ustedes saben, ya hablamos de esto, que teníamos una relación difícil, que transcurrió entre altos y bajos. A pesar de eso, cuando las papas quemaban, ni le fallé ni me falló (lo cual es mucho decir de un vínculo).
Hace unas dos semanas empezó a tener dificultad para subir las escaleras. Un par de veces subió y bajó con mi ayuda. Lo siguiente fue que no mostraba interés por subir y se quedaba más tiempo quieta, acurrucada en algún rincón. Observé que no comía casi nada. Cuando se lo comenté a mi hijo, él agarró un pedazo de pollo y se lo ofreció, en un gesto que yo interpreté como: Rumi no te vayas, ponete las pilas. Ella lo aceptó con un entusiasmo que hacía tiempo no le veía, en un gesto que interpreté como: gracias por quererme, yo también te quiero.
Después dejó de comer y sólo tomaba un poco de agua. El último día ya no tomó agua.
Yo le daba Reiki con frecuencia. A veces dudaba acerca de llamar o no al veterinario. Pero resistí. Con la edad que tenía, la muerte era parte del proceso natural de la vida y no la veía sufrir, no lloraba ni se quejaba, por lo que pensé que sólo tenía que acompañarla. Llamar al veterinario implicaba que le hicieran cosas inútiles (la ciencia médica siempre tiene ideas y es excepcional que acepte la muerte sin intervenir...)
Así que eso, se fue yendo de a poquito, la acompañé, le dije que la quería y la dejé partir. Se fue tranquila. Y yo estoy en paz conmigo misma.
Igual, siempre es triste la ausencia.

1 comentario:

Veroka dijo...

Pobre Rumi♥
besos